A veces veo el mundo como un inmenso contenedor de basuras, con ríos convertidos en inmensos colectores de aguas sucias y contaminadas y campos sepultados por escombros y basura.
Y no hace falta viajar a países en vías de desarrollo o a focos de marginalidad o pobreza de nuestras ciudades. En cualquier lugar hay basura. Sillas, sillones, tresillos, butacas, mecedoras, descalzadoras –como canta la cinta del tapicero-. También lavadoras, frigoríficos, sanitarios, neumáticos, chatarra… Una larga lista de todo lo imaginable, a la vista de todos, en cualquier sitio, a cualquier hora.
Todo surge después de dar varios paseos por los alrededores de la ciudad donde vivo, Badajoz, donde casi todo está cuajado de campos convertidos en escombreras. Cualquier punto de esparcimiento natural de los alrededores de Badajoz, en particular el río Guadiana, muestra cómo se comporta una parte de sus ciudadanos. Y lo siento, pero lamentablemente y por lo general TODO está lleno de basuras y no parece cosa de unos cuantos. De nada parecen servir las costosas campañas de limpieza, las llamadas que apelan a la conciencia de las personas y el acondicionamiento de zonas de esparcimiento si vivimos en una sociedad donde una parte no está preparada para ello.
No soy optimista, no veo una verdadera conciencia de cambio. Hay demasiados ejemplos que me hacen pensar de esta manera. También hablo de la falta de respeto y solidaridad con el resto de ciudadanos que sí dan sobradas muestras de civismo, como el fenómeno del botellón, que allí donde llega genera la más notable muestra de desprecio por los espacios de convivencia ciudadana.
Sinceramente, no comprendo las basuras en el campo, dejadas allí precisamente por quienes acuden atraídos para disfrutar de la naturaleza, cada uno a su manera: pescadores, cazadores, romeros, “domingueros” –dicho con todo el cariño-…
Y ya, no hay que generalizar pero, por lo general, en todos los lugares donde va la gente hay basuras que, curiosamente, nadie tira, siempre están ahí cuando uno llega. Parece una enfermedad incurable, con tintes de verdadera epidemia y sin solución aparente a corto plazo.
Sinceramente, no comprendo las basuras en el campo, dejadas allí precisamente por quienes acuden atraídos para disfrutar de la naturaleza, cada uno a su manera: pescadores, cazadores, romeros, “domingueros” –dicho con todo el cariño-…
Y ya, no hay que generalizar pero, por lo general, en todos los lugares donde va la gente hay basuras que, curiosamente, nadie tira, siempre están ahí cuando uno llega. Parece una enfermedad incurable, con tintes de verdadera epidemia y sin solución aparente a corto plazo.
No se me ha ocurrido nada mejor que representar cómo veo el mundo. Y lo hago expresándolo de la mejor manera que sé hacerlo: con una fotografía.

Os dejará sin palabras:

























